Año: 6, Junio 1964 No. 80

EL TALÓN DE AQUILES DEL SOCIALISMO

Por TRYGVE J, HOFF

Autor del libro «Economic Calculation in a Socialist Society».

El socialismo adolece de un defecto innato y fundamental que no es posible remediar. El socialismo implica la abolición del derecho de propiedad privada sobre los medios de producción (éste es el primero de los dos criterios principales del socialismo). En consecuencia, en los Estados socialistas no existen mercados para los medios de producción, lo que significa que tampoco se cuenta con precios verdaderos. Ahora bien, sin precios reales, resulta imposible calcular.

En el ánimo de muchas personas, la palabra «cálculo» suscita, por asociación de ideas, la descripción que hizo Carlyle de la economía como «una ciencia lúgubre». En el caso de otros, el cuadro que se les presentará es el de un tacaño que escatima los centavos.

Sin embargo, el cálculo no estriba en eso, sino que supone mucho más. Calcular equivale a obrar racionalmente. La mayoría de nosotros prefiere las cornucopias que se desbordan, el lujo y el derroche, pero en la esfera económica el resultado de una actividad tiene que ser mayor que el esfuerzo gastado, el rendimiento mayor que el «insumo», a fin de que esa actividad justifique la aplicación del término de racional.

Todos desprecian al artesano torpe que echa a perder la materia con que trabaja y la desperdicia. La misma razón existe para ver con desaprobación la producción en la Unión Soviética. Cuando escribí en 1938, sobre el problema del cálculo económico, cité en un apéndice las estadísticas que habían aparecido en la prensa rusa. Ellas mostraban a qué extremo llegaba el desperdicio en las fábricas de la URSS, generalmente el 25 por ciento, pero en algunos casos tan alto como el 99 por ciento.

Un cuarto de siglo más tarde contamos con estadísticas que prueban que los resultados son tan desfavorables ahora como en aquel entonces.

Es posible que los factores sicológicos influyan sobre este estado de cosas, al igual que el hecho de que los seres humanos están más interesados en realizar trabajos que los beneficiarán a ellos y no al Estado, cualquiera que sea la variedad de sociedad en que se encuentren. Sin embargo, la deficiencia fundamental de las naciones socialistas radica en que carecen de precios verdaderos, ipso facto, de datos que puedan servirles para calcular.

A esto, algunas personas objetarán que también en los países socialistas hay precios. La verdad es que no existen, por lo menos precios verdaderos, a que se llegue en mercados en que el comprador y el vendedor puedan comprar y vender libremente y en que la escasez de recursos se compare y pondere con las posibilidades que existan de utilizarlos. ¿Y cómo podría ocurrir lo contrario cuando el gobierno es el propietario único de todos los medios de producción: la tierra, los bosques, las minas, los transportes, las fábricas, la maquinaria, los útiles y las herramientas?

Esa clase de sociedades no tiene más posibilidad de saber lo que «cuestan» sus factores de producción de la que un ladrón puede tener para determinar el «costo» de su botín. Y el ejemplo no resulta tan irritantemente injusto como podría parecer de primera intención porque la forma en que los gobiernos socialistas se han apoderado de los medios de producción sin indemnizar a sus dueños, constituye un robo.

La teoría de que los precios presuponen la existencia de mercados y de que los mercados presuponen la propiedad privada, la presentó, desde 1854, el creador original de la teoría de la «utilidad marginal». El alemán G. H. Gossen, Wilfrido Pareto y Max Weber se refirieron a esta cuestión varias veces en sus obras.

En el campo que tratamos, ha habido otros pioneros, pero el mérito principal de haber llamado la atención sobre esta magna falla del socialismo corresponde a Ludwig von Mises. Debe agregarse que Mises expuso el punto un tanto incidentalmente, cuando mostró que el socialismo constituye una imposibilidad, porque una comunidad socialista no puede calcular.

En los términos tan categóricos en que la enunció, la afirmación de Mises levantó una tempestad de protestas por parte de los economistas socialistas. Se trataba de un aserto que no podía dejarse pasar sin impugnarlo, y dio origen a una controversia que se inició con unos cuantos artículos en las revistas de economía, pero que terminó con una serie de importantes volúmenes.

Los economistas socialistas que participaron en el debate, convinieron unánimemente en que tanto Mises como quienes compartieron sus opiniones, estaban completamente equivocados. Todos los socialistas que aceptaron el desafío trataron de demostrar este punto, pero lo extraño es que todos ellos rechazaron los argumentos aducidos por los demás escritores socialistas. En otras palabras, los colectivistas demostraron encontrarse en un desacuerdo total entre ellos mismos.

Otro grupo de economistas socialistas declaró que la discusión a que nos referimos era puramente abstracta, por lo que no valía la pena perder el tiempo en ella. Su argumentó consistió en que los Estados socialistas existen de hecho, de lo cual dedujeron que la tesis de Mises tenía que ser infundada.

Quienes hemos llevado el contra en esta discusión hemos sostenido que la falta de los elementos que permitan el cálculo en las comunidades socialistas constituye un defecto fundamental, que tarde o temprano tendrá que reconocerse, tanto en el terreno de la teoría como en el de la práctica. Uno o dos de nosotros hemos pronosticado que el día que advenga este reconocimiento, conducirá, en efecto, a la abolición del socialismo y de todo lo que deriva de él.

No se trata de sueños utópicos de parte de sus adversarios, toda vez que inclusive algunos economistas socialistas han admitido desde un principio que ésta es una cuestión crucial para el socialismo, de la que depende su destino.

Pues bien, ¿qué ha acontecido en los años transcurridos desde entonces? Hoy en día se admitido en la teoría y ha quedado establecido en la práctica, que la Rusia soviética carece de los elementos necesarios para el cálculo económico y que esta deficiencia ha conducido al desbarajuste y al desperdicio.

La primera confesión en el campo teórico provino de un grupo de expertos soviéticos, a quienes encabezó L. A. Leontiev, y quienes en 1943 hicieron notar la necesidad de categorías de valor tales como «la escasez» y «la utilidad».

Esto era pura y simplemente una herejía, toda vez que se hallaba en oposición directa con la teoría de Karl Marx del valor-trabajo. No sin razón, la publicación rusa «Kommunist» le echó en cara a Leontiev, en julio de 1862, que defiendera ideas que «dan al traste tanto con la ley fundamental de la ciencia económica como con otras leyes económicas socialistas, y en esta forma originan dudas sobre el socialismo».

El tema revistió tanta importancia que en la reunión anual de la Asociación Americana de Economía, celebrada en diciembre de 1958, las primeras 133 páginas de las 698 que abarcó el informe de sus labores, se dedicaron al cambio que esto significaba.

Mas no es a los teóricos soviéticos solamente a quienes debe atribuirse el mérito de este cambio de actitud. Las nuevas ideas se han abierto paso debido a que los administradores de las fábricas quieren volver a introducir los reguladores automáticos del mecanismo del mercado, a fin de lograr que se proceda racionalmente.

Bajo cuerda, los herejes han tenido el apoyo de Khrushchev mismo, con su agudo sentido de la conveniencia práctica y de su conocimiento de lo pobres que han sido los resultados hasta ahora.

Conforme a la cita contenida en «Nuevos Vientos en la Planeación Soviética», por Alfred Zauberman, Instituto de Estudios Soviéticos, un eminente economista ruso ha criticado las «rigideces y los cuellos de botella crónicos» de la planeación, y ha sostenido que las técnicas soviéticas de planeación son groseras y que a ellas se debe el que se desperdicie de un cuarto a un tercio de la producción potencial. Khrushchev ha tenido que proceder con cierto grado de cautela, pero ha llegado hasta declarar que «no puede uno saltar obstáculos elevados con caballos viejos».

Otro artículo que ha causado bastante conmoción ha sido el del profesor E. Liberman, de la Universidad de Jarkov, que apareció en 1962. El profesor argumentó que las pretensiones absurdas de los planificadores dan lugar a la existencia del «blat», expresión que únicamente puede traducirse por algo así como «régimen de compadrazgo». No anda muy lejos de la corrupción e ineficiencia que impregnan la economía de la Unión Soviética.

Liberman señala la forma cómo los que manejan plantas industriales tienden a conservar elevadas existencias de materiales y cómo piensan exclusivamente en alcanzar metas cuantitativas. Propone que se use la utilidad como vara de medir, calculándola sobre el capital invertido, a fin de estimular un mayor esfuerzo y de obtener el máximo resultado.

Tan pronto como las empresas se ven obligadas a cubrir intereses sobre el capital que emplean, en vez de obtener éste prestado gratuitamente, tendrán que economizarlo. En la reunión del Comité Central del Partido Comunista que se efectuó poco después, Khrushchev aceptó el hecho de que las utilidades son indispensables como norma a fin de poder medir con eficiencia.

Como muestra del grado hasta el cual se están discutiendo las fallas del socialismo en la actualidad, tenemos un artículo que apareció en el diario de Estocolmo «Svenska Dagbladet» de 9 de mayo de este año. Se titula: «Bacilo Capitalista en la Unión Soviética» y lo escribió Sven Ivar Ivarsson, que fue director de la Asociación de Contribuyentes Suecos y ahora trabaja como asesor del gobierno. Ivarsson se refiere a la teoría del profesor Liberman (así como a la del profesor Alec Nove) y subraya que, con arreglo al sistema imperante en Rusia, resulta mejor fabricar artículos anticuados y de calidad inferior. También menciona un libro del economista húngaro Janos Kornais, en que se formulan críticas severas.

El 23 de junio, «The Observer» (de Londres), publicó un artículo llamado «Rusia se aproxima a las utilidades como motivación de la acción económica». También ahí se hace referencia al Profesor Liberman, pero el resto del trabajo se consagra a comentar un libro publicado recientemente por el Institute of Economic Affairs, de Londres, que dirigen Ralph Harris y Arthur Sheldon.

Esta obra, «Communist Economy under Change», proviene de hombres que se han especializado en las sociedades socialistas y presenta un cuadro convincente y al día de la nueva actitud que se ha asumido frente a la necesidad del cálculo económico. El cambio ocurrido en las ideas debe calificarse sin imprudencia como sensacional, y puede tener consecuencias políticas importantes.

(Tomado del Periódico Excélsior, de noviembre 28 de 1963).