![]() |
Año: 8, Abril 1966 No. 124
Reflexiones de un joven empresario peruano
Por el Ing. Jorge A. Badani Souza
N.del D.-En forma muy clara, un joven empresario peruano presenta una serie de reflexiones sobre el papel de los empresarios
Empresarios como él han logrado, por ejemplo, hacer llegar a Perú al primer lugar en la producción mundial de pesca, sobrepasando a los Estados Unidos, Japón, Noruega, etc.
En Guatemala hay muchos empresarios jóvenes y de empuje, pero también es necesaria una política económica que les permita desarrollarse a toda capacidad.
Empiezo estas líneas declarando que soy un joven empresario. Frente al ya gastado epíteto de oligarca que los trasnochados economistas adjudican al empresario, situándolo como un explotador del hombre y un enemigo del bienestar público, quiero demostrar cómo, sin la libre empresa, no hay posibilidad alguna de que la humanidad se salve de la crisis que está cirniéndose trágicamente sobre ella por obra exclusiva de una demagogia, llevada a cabo con tanta perversidad como ignorancia, en una época en la que todos los dirigentes políticos creen necesario declararse hombres de izquierda y achacar sistemáticamente al capital los males que, conforme a la moderna economía, sólo el capital está en aptitud de remediar.
Lo grave es que se ha hecho caer en la trampa a instituciones espiritualistas y, por ende, eminentemente individualistas como las religiosas, a las que, so pretexto de una justicia social basada en la fraternidad y el amor, se les está llevando a todo lo contrario; a servir, sin querer, a una enconada lucha en la que, como toda lucha, no es el amor el que campea, sino el odio, y a realizar una apología del colectivismo, sin darse cuenta que en todo colectivismo hay una negación del espíritu que es necesariamente individual. Se les hace concebir que los problemas económicos se resuelven únicamente con buena voluntad y que es sólo cuestión de conjugar el verbo «querer», sin observar que, en materia económica, es el verbo «poder» el que hay que aprender a conjugar primero.
La economía no versa sobre el último fin del hombre ni sobre sus más altos ideales religiosos y morales; versa sobre los medios que el hombre escoge para alcanzar sus fines y se esfuerza en demostrar si tales medios son aptos o no para lograr los fines apetecidos. Versa, pues, sobre hechos y éstos demuestran que el capitalismo es un sistema económico que por sí solo puede beneficiar de la mejor manera a toda la humanidad, que es uno de los ideales cristianos.
Precisamente, cuando se restringe indebidamente la libertad y la iniciativa privada y, por otra parte, no se ataca al mal en debida forma, es entonces cuando se abren de par en par las puertas que conducen a la pobreza espiritual y material y al sufrimiento de todos los hombres.
Desde mi ingreso de la Escuela Nacional de Ingenieros, en 1949, he luchado intensamente para abrirme paso. He ejercido múltiples actividades que me han llevado a recorrer mi país casi en su totalidad. He viajado, utilizando toda clase de medios de transporte y me jacto de haber hecho estos viajes estudiando las posibilidades económicas de cada zona o rincón con el objeto de establecer en ella alguna empresa. Recorrí, pues, el país con espíritu empresarial y no con espíritu altruista, ni con el criterio del político o del turista, porque así no se llega a conocer la realidad geoeconómica del país. Conozco así mi país en su verdadera dimensión, como sólo pueden conocerlo los hombres de empresa que han luchado y pasado sinsabores por las dificultades encontradas, pero que también, en compensación, han logrado saborear el éxito después de arduo trabajo y tesonero afán. Creo, pues, tener suficiente conocimiento y experiencia para hablar con autoridad y propiedad sobre el hombre de empresa.
Lograr y promover una pujante y moderna empresa, cualquiera que ella sea, que ha tenido y tiene éxito es una labor que requiere siempre muchos años de desvelos, titánicos esfuerzos, disgustos y, sobre todo, enfrentar considerables riesgos. Los promotores y empresarios de todas partes del mundo y, en especial, de países subdesarrollados como el Perú, deben arriesgar todo su patrimonio y el de los suyos y contraer peligrosas deudas para llevar adelante sus anhelados proyectos.
Sólo los hombres de empresa conocen los sacrificios y momentos de amargura que es preciso vivir cuando la empresa se está gestando. Porque sobre toda empresa en gestación pende la interrogante de su éxito o fracaso; es decir, el factor riesgo común a toda actividad industrial o comercial. Durante el tiempo de iniciación, los fracasos corren paralelos con los éxitos y, sólo después de varios años, es que la balanza se inclina a uno u otro lado.
Desde el punto de vista del hombre de negocios, la empresa es siempre azarosa. De hecho, la proporción de los fracasos es tan alta que, de saberlo, serían pocos los que expusieran su patrimonio, renta o trabajo por una ganancia aleatoria, si el hombre de empresa como Adam Smith lo señaló ya, no se hubiera formado una idea demasiado elevada de sí mismo, de su clarividencia, su habilidad, energía creadora y hasta de su suerte, además de contar con una férrea voluntad con la que espera convertir sus deseos en realidades y olvidar e ignorar las amargas lecciones de otros empresarios en el pasado.
Soy un convencido, y los hechos lo demuestran, que sólo la empresa privada dentro del marco de una economía libre y sana podrá llevar a cabo el desarrollo del país lo más rápidamente y con la mayor eficacia posible. La transformación y crecimiento económico de nuestra patria y, por ende, el progreso social en todas sus fases, incluyendo la educacional y política, sólo podrá lograrse dentro de una economía del mercado, con la mínima interferencia estatal, en la que el consumidor, a través de ese mercado, que traduce minuto a minuto la fiel expresión de sus deseos, de sus posibilidades y alienta su libertad de elección, sea el monarca a quien rindan pleitesía todos los que algo producen y a cuyo favor todas las empresas dedican sus esfuerzos para servirle lo mejor que puedan.
Sólo una economía donde desaparezca la actividad inútil y poco eficiente que no satisfaga adecuadamente al individuo o consumidor y en la que necesariamente se respete la libertad individual como un derecho inalienable, podrá satisfacer, más o menos pronto y con amplitud, las esperanzas crecientes del pueblo. Me refiero, desde luego, al justo y equilibrado ejercicio de la esperanza y no las falsas promesas de demagogos y extremistas.
El pueblo, gracias a los progresos científicos divulgados al instante por los medios de comunicación masiva, tienen ya conciencia de las posibilidades y mejoras que puedan depararle la vida actual y la futura. Alentar la esperanza de lograrlas es laudable. Pero hacer de la esperanza un alboroto es tornar ésta en verdadero tormento que provoca la desdicha del hombre subdesarrollado. El aliento de la esperanza lo hace la empresa. Su alboroto es siempre la obra del político.
Es el hombre de empresa quien hace, con la mayor eficiencia y a costa de cualquier sacrificio, uso de todos los medios lícitos y eficaces a su alcance para llevar adelante la obra que ha proyectado. Porque el hombre de empresa, moviéndose dentro del fecundo y maravilloso campo de la libertad, podrá multiplicar la utilidad y eficiencia de todas las facultades que posee y de las virtudes que ha cultivado con singular esfuerzo. El hombre de empresa es el individuo que está lleno de ambiciones, deseos de progreso y afán creador porque considera que cualquier mejora o progreso no sólo es un derecho del individuo, sino también un deber para con él mismo, para con su familia y su patria.
Para el hombre de negocios, el progreso del país no es otra cosa que la suma de los progresos individuales. Los hombres de empresa son en realidad los verdaderos agentes del progreso económico. Junto a los hombres de estudio e invención, son los empresarios los únicos que asumen los riesgos, sabiendo o creyendo saber, cómo evitarlos. Estos hombres son los que dan valor a los nuevos descubrimientos; los que han creado en casi su totalidad los medios de producción con que cuenta actualmente la humanidad para su bienestar.
Los extraordinarios adelantos científicos y descubrimientos hechos en los siglos XVIII y XIX no hubieran significado nada para el mayor provecho de la humanidad, si no hubiera sido por la aplicación práctica que de esos nuevos conocimientos hizo, con gran riesgo y visión, el hombre de empresa, dentro de una atmósfera de entera libertad, como fue la que prevaleció en los años del liberalismo o individualismo.
Los empresarios son guiados en su esfuerzo productivo por la necesidad de trabajar con la máxima eficiencia y con el menor costo posible; son hombres que viven para un fin, para el futuro, en más alto grado que cualquier otra persona. La vida para ellos es siempre crear, producir y jamás quedar estáticos. Poseen, además, un arraigado sentimiento de responsabilidad social, que alcanza mayor desarrollo que en cualquier otra actividad individual o social.
Uno de los mayores alicientes que tiene el hombre de empresa, seguramente el mayor, es la retribución económica o utilidad que espera recibir en el caso de tener éxito su empresa. Por eso arriesga muchas veces, con eminente peligro de perderlos, su patrimonio, su salud y hasta su vida. La utilidad o ganancia que todo empresario agrícola, industrial o comercial obtiene es de enorme beneficio para la colectividad.
De la mayor o menor utilidad de la empresa depende, en una sociedad de economía libre, la satisfacción de bienes o servicios que con mayor o menor eficiencia está prestando aquélla a la comunidad. La utilidad refleja la aceptación por el consumidor, de la calidad, cantidad y valor de los productos o servicios que la empresa ofrece. Esta evidente acción humana que constituye la oferta del productor, por una parte, y la aceptación del consumidor, por la otra, exclusivamente puede ser justa y eficazmente canalizada a través del mercado libre.
La más eficiente, justa distribución y el verdadero control sólo pueden llevarse a cabo mediante la acción impersonal del conjunto debido a la acción de muchos, que es la esencia del mercado dentro de cuyo ámbito convergen las fuerzas de la oferta y la demanda. Es, pues, el sistema económico del mercado el más racional y el que más de acuerdo opera con la realidad y moral.
La economía verdaderamente racional y planificada, para usar el término puesto en boga actualmente, es la que se encuadra dentro de los marcos de la economía del mercado, ya que, en este sistema, es toda la sociedad la que participa en esta planificación.
El hombre no es santo ni altruista; por lo general, es ambicioso y egoísta. Además, lo lógico y moral es que el individuo aproveche lo que obtiene con su esfuerzo y talento. Aprovechamiento que va a ser controlado justa y eficazmente por el mercado. Lo injusto, lo inmoral, lo más retrógrado es el control caprichoso del movimiento económico por el Estado.
En sistemas donde el Estado fiscaliza con exceso la sociedad y la economía, la obtención y pronta satisfacción de las necesidades del consumidor en las mejores condiciones posibles y la oferta del productor o del empresario al mejor precio, se ve obstaculizada por el capricho e ignorancia del burócrata, quien pretende, en una forma u otra, participar sin ningún esfuerzo de la tesonera y ardua labor de los grandes motores de la actividad económica: el consumidor y el productor.
El excesivo fiscalismo no protege a nadie; antes bien, es enormemente dañino porque aquí, como en cualquier otra nación, el burócrata desconoce, si no totalmente, por lo menos parcialmente, lo que está reglamentando o pretendiendo regular. Todo otro sistema distinto a la economía del mercado es falso y adolece de graves fallas e injusticias. Trae consigo una creciente inmoralidad y, lo que es más grave, provoca un retroceso general y empobrecimiento de las gentes. Como alguien ha dicho, crear dificultades para vender facilidades es el fin lamentable que el burócrata persigue.
El Perú, en los últimos años, ha progresado notablemente. Se han creado numerosas empresas de gran aliento. Estaba así surgiendo en el país el espíritu empresarial que tanta falta nos hacía. Íbamos por el buen camino. Cada día se hacia más palpable en nuestro medio ese férreo, indomable y creador afán que caracteriza al llamado «Espíritu de Empresa», que no busca nunca para sí la menor seguridad porque si la buscase se estancaría, sino que busca la máxima libertad. Debemos tener en cuenta que en todas partes el empresario tiene que ser casi heroico. Sin ninguna hipérbole, puedo asegurar que en nuestra patria el verdadero héroe es el hombre de empresa.
En el Perú, la empresa lleva sobre sus hombros la enorme carga que representa el gigantesco aparato burocrático, además del peso muerto que significa la masa indígena aún no integrada a la civilización. En nuestra nación, la naturaleza enfrenta al empresario con un reto de inconmensurables proporciones. Nuestra difícil topografía es un considerable obstáculo muchas veces infranqueable. El atraso social de nuestra masa indígena y la deficiente preparación y educación de nuestro pueblo, aun del que vive y trabaja en los principales centros poblados, es otra barrera que exige denodados esfuerzos y talento para vencerla.
No obstante, el empresario, poseyendo todas las facultades y cualidades antes mencionadas, no se arredra fácilmente y ha podido y puede enfrentarse al tremendo reto que nuestro medio le opone. Pero el espíritu empresarial, es necesario repetirlo hasta el cansancio, sólo puede surgir en países o sociedades donde impera la libertad económica y un profundo respeto por la iniciativa y derecho individual.
Desgraciadamente, desde hace dos años, en el Perú, se está creando un clima adverso al inversionista o al hombre de empresa. Es lamentable observar la forma cómo se está desalentando al empresario. Constantemente viene dictándose medidas que atentan contra el indispensable «Espíritu Empresarial». En numerosas declaraciones y discursos políticos, se ha hecho y se hace gala de una peligrosa y acentuada demagogia, que es el vicio político más opuesto al espíritu de empresa. La propaganda escrita y hablada, oficial u oficialista está empleando una condenable publicidad falsa, de tipo marxista, contra el empresario y está abogando por un nefasto fiscalismo que cada día es mayor y apoyándose en doctrinas económicas realmente trasnochadas y absurdas que atentan contra los derechos inalienables del individuo. Esa propaganda quiere presentar esas doctrinas como ciertas, justas y modernas, cuando en realidad contienen conceptos falsos, antiguos y sumamente injustos e irracionales.
Tal propaganda se ha convertido así en fabricante de rumores; en filtros que destilan odio hacía el capital y hacia todos los extraordinarios logros que de él se han obtenido y se obtienen para el bien de las grandes mayorías, presentando constantemente datos y hechos falseados, por ignorancia, unas veces, y por marcada mala fe, otras, y presenta al esforzado hombre de empresa que tiene éxito, ante los ojos de la masa, como un verdadero delincuente. Según tal propaganda, el ganar dinero es un acto censurable y antisocial. En una palabra, se comete el error de confundir conceptos, términos, medios y fines.
El desarrollo y progreso económico de un país subdesarrollado como el Perú no se hace de ninguna manera con sólo meros enunciados o buenas intenciones, de las cuales se dice que el infierno está empedrado.
Tampoco se obtiene distribuyendo lo que no hay o lo poco que existe, sino incrementando notablemente la producción, la que generará más trabajo y riqueza que se repartirá lo mejor y más rápidamente posible sólo a través del maravilloso mecanismo impersonal del mercado dentro de una sociedad de economía libre, en la que el bienestar del consumidor es el objetivo No. 1 y dentro de la cual se estimula al hombre en su afán creador mediante los incentivos del beneficio o utilidad económica y de la libertad individual.
El ahorro, la acumulación del capital y su inversión más conveniente por empresarios previsores señala el camino de la prosperidad. Una nación será más próspera mientras menos trate la autoridad de sabotear el funcionamiento de la economía del mercado. La única forma en que un gobierno puede ayudar al bienestar del pueblo es removiendo todos los obstáculos que impiden o hacen más lenta la acumulación del nuevo capital. Como lo expresa el genial profesor Ludwig Von Mises: «El único medio de acrecentar el bienestar de una nación es el aumento y mejora del rendimiento de la producción. El único medio de elevar el nivel de salarios en forma real y permanente para todos los que aspiran a recibir salarlos, sueldos, honorarios, etc., es elevar la productividad del trabajo, aumentando la cuota «per cápita» del capital invertido y perfeccionando los métodos de producción. No existe, pues, otro medio para elevar el nivel general de vida que acelerar el aumento de capital en relación con la población».
Al hombre de empresa se le desalienta, de más está decirlo, con las excesivas cargas sociales y tributarias que con extrema facilidad se están imponiendo. El procedimiento de una loca carrera tributaria no es otra cosa que una expropiación sin indemnización, a favor de una acumulación gigantesca de capital en manos del Estado que obliga a cada ciudadano a depender como esclavo de un Estado todopoderoso.
De esta manera, la economía nacional libre, cimentada sobre la iniciativa privada y el esfuerzo individual, controlada por el mercado, es decir, por el pueblo mismo, es destruida por quienes paradójicamente se autodenominan demócratas, y están creando una dictadura económica del Estado, peor cien veces que la dictadura política porque se apodera de todos los bienes y servicios que el hombre necesita para vivir y superarse: tierras, agua, maquinaria, educación. Con todo ello, concluye apoderándose del hombre mismo.
Lo que más repugna y desalienta es observar cómo esta gigantesca acumulación de capital en manos del Estado, acumulación que se exige compulsivamente a los reducidos grupos productores del Perú, se malgasta en elevados sueldos para una frondosa e ineficaz burocracia. Sueldos que equivalen muchas veces a un múltiple de aquéllos que percibe la gran mayoría de la población, creando así una grave diferencia o «gap» externo. A nadie, y menos al empresario, se le alienta sólo con palabras, cuando, en la realidad, los hechos contradicen aquella.
Es increíble, pues, que se continúe con esa política de desaliento al hombre de empresa, cuando él, como ningún otro, tal como expresé anteriormente, está constantemente creando, proyectando para el futuro con gran responsabilidad social y con verdadero amor a la patria.
No es exagerado puntualizar que los años que restan de esta década son cruciales para el porvenir del país, que dependerá de:
Que la mayoría de nuestro pueblo perciba claramente que el socialismo no es un sistema económico, sino una enfermedad.
Que la mentalidad burocrática, que hoy desgraciadamente tiende a imperar y quiere obtener algo por nada, es un verdadero cáncer.
Que es muy fácil empobrecer al rico, pero muy difícil e imposible enriquecer al pobre, distribuyendo lo poco que hay.
Que con lo que los demagogos predican, lo único que se va a obtener es la igualdad hacia abajo y que, con sus sistemas, se va a empobrecer más al pobre porque es siempre quien más sufre en cada crisis económica, en cada baja de la producción.
Que la utilidad de las empresas es vital para el bienestar de la ciudadanía y que este beneficio y su progresivo incremento debe defenderse y alentarse, con tanto o más ardor, que los sueldos y salarios.
Que el camino del crecimiento es un camino austero que debe recorrerse en toda su longitud y jalonando todas sus etapas porque, cuando se pretenden quemar estas etapas, se puede incurrir en una catástrofe.
Que la libertad, democracia y superación, tanto material como espiritual, no se regalan; se conquistan con extraordinarios esfuerzos por etapas sucesivas.
En conclusión, el futuro de nuestra patria evidentemente depende de la capacidad que tenga nuestra generación para distinguir entre los riesgos de decadencia económica y espiritual que entraña un régimen de creciente burocratización, de la actividad colectiva y las maravillosas y rápidas posibilidades que abre un sistema basado en el racional, justo y moral aprovechamiento de las energías creadoras del individuo.
«En estos días de temor y confusión, debemos recordar que la incesante y permanente repetición de una mentira o la reiteración de una falsa promesa, no constituye la verdad.La verdad es algo más que el gran común denominador de la codicia e ignorancia de las masas. Nunca se determina o se demuestra por la mayoría o la generalización de los errores o apetitos populares. Irremisiblemente, con la ayuda de Dios, siempre emerge y al final prevalece, suprema en su poder sobre los destinos de la humanidad y terrible en su venganza hacia aquéllos que la denigran, desafían o traicionan».Virgil Jordan