Año: 12, Mayo 1970 No. 222

EL LIBERALISMO Y LA RAZÓN

Manuel F. Ayau

No existe actitud más dañina para la sociedad que aquella que se deriva de pensar con el hígado y no con la cabeza.

El tener sensibilidad y emociones es laudable, pero demuestra poca madurez y capacidad intelectual aquel a quien las emociones impiden el uso de la razón.

Tenemos a la vista diariamente casos de personas que pasan y se hacen pasar por buenos samaritanos o como intelectuales que constantemente hablan despectivamente de la filosofía liberal; de la libre organización de los individuos en la sociedad; de la operación del mercado; del capitalismo. Le achacan a esas ideas todos los males sociales existentes, y las califican de caducas.

Irónicamente, los que califican a la filosofía liberal de caduca, inconsciente e invariablemente respaldan teorías económico-sociales realmente caducas y obsoletas. El caso más frecuente es el de los que, sin saberlo, apoyan la desacreditada doctrina económica llamada hace dos siglos Mercantilismo. Esta filosofía es quizá hoy día la que prevalece y a la cual sólo le han cambiado el nombre.

Bajo rubros tales como «protección de balanza de pagos», «sustitución de importaciones», «nacionalismo económico», «convenios bilaterales», «planificación económica», «tipos de cambio fijos», «subsidios», «control de precios», «desarrollo industrial», «fomento», y todas las medidas usadas para imponer restricciones absurdas al comercio y a la división del trabajo, se ha emprendido, en realidad, una regresión al mercantilismo y al feudalismo que ya se daban por descartados hace doscientos años.

Invariablemente el antiliberal recurre a argumentos emotivos, llenos de epítetos para las personas que sí creen en la filosofía liberal. No recuerdo ocasión en la que pretendan refutar los argumentos liberales en forma racional. No advierten que los mismos males que le achacan al liberalismo económico se deben más a la ausencia del mismo que a otra cosa.

Difícilmente se reconoce, en aulas universitarios o en púlpitos, mérito alguno a la filosofía liberal a pesar de que fue precisamente por causa de su prevalencia en la mente de los hombres influyentes del siglo XVIII que se logró terminar con el feudalismo; que se hicieron las primeras constituciones democráticas; que surgió la libertad de prensa y de profesión, y la tolerancia religiosa.

Fruto del liberalismo fueron las modernas declaraciones de los derechos humanos, la abolición de la esclavitud y de las «clases» sociales hereditarias, así como la legislación antimonopolista. Fue debido a la liberación de la inventiva e iniciativa de los hombres que, como Carlos Marx reconoció, el hombre comenzó a eliminar la milenaria pobreza.

Fueron hombres libres no gobiernos quienes inventaron y produjeron los medios de comunicación modernos que han ayudado a elevar el nivel de vida de tantos hombres así como también los procesos y maquinarias que hoy día producen comodidades insospechadas antes de la era del liberalismo. Los adelantos en la productividad manufacturera, las nuevas materias y medicinas de que tantísimos millones de hombres hoy disfrutan (aunque muchos otros todavía no), son también el resultado del trabajo de individuos libres y no de colectividades.

Han sido aquellos países y áreas donde en mayor grado privó esa filosofía, donde en mayor grado se ha prosperado. Han sido siempre los gobiernos los que han estado en contra del liberalismo. Fueron gobiernos los que impusieron el colonialismo, los que han implantado medidas antiliberales para beneficio de algunos privilegiados, como también hoy día ocurre.

Claro, ha habido personas que, tomando el hombre liberal como bandera, han hecho todo lo contrario. Hubo quienes, tomando el nombre liberal, emprendieron, por ejemplo, persecuciones religiosas, demostrando así una intolerancia total y necesariamente antiliberal, pues liberal se llama aquel que está a favor de la libertad. Pero igualmente se han usado muchas otras banderas por hombres deshonestos para escudar sus nefastas intenciones. Ello prueba que hay hombres deshonestos, pero no que la filosofía cuyo nombre utilizaron sea falsa o dañina.

Recordemos que políticos inescrupulosos han utilizado, por ejemplo, el término democracia para mantener dictaduras por largo tiempo. Sin embargo, es curioso notar que ello en nada ha desprestigiado el concepto democracia. Sencillamente, al que así ha obrado se le llama farsante.

Existe, incomprensiblemente para mí, un prejuicio intenso contra la filosofía liberal. ¿A qué razones obedece?

Alguien puede oponerse a una filosofía sólo por una causa: porque la considera falaz, o dañina su adopción. Hablo, por supuesto, de hombres de buena voluntad. Pero podrían considerarla falaz ya sea porque la comprenden bien o porque no la comprenden.

Asevero, con confianza, que la oposición al liberalismo se debe en gran parte a la falta de comprensión. A continuación expongo mis razones.

Abundan los casos, como ya dije, en que usurpando el nombre liberal, se destruye la libertad de educación, de prensa, de religión, o de competir lícitamente, y por esa razón, en algunos ambientes se identifica el liberalismo con la opresión. El nombre liberal ha sido utilizado tanto por los más izquierdistas dictadores como por los llamados dictadores de derecha (confieso nunca haber recibido una explicación satisfactoria que aclare la diferencia entre una dictadura de derecha y una de izquierda, pues al Nacionalsocialismo se le llama Nazismo de «derecha», a pesar de ser socialista y, por consiguiente, corresponderle el calificativo «de izquierda»).

En este caso considero que la oposición a la filosofía liberal va en realidad dirigida contra alguna postura de carácter político en una nación determinada donde se identifique el liberalismo con males causados por algún antiliberal que ha usurpado el nombre liberal.

Otra razón que podría explicar la oposición a la filosofía liberal quizá sea consecuencia del éxito que tuvo Carlos Marx en bautizarla como capitalismo, sugiriendo que ese es el sistema de los capitalistas; que beneficia a éstos exclusivamente, que daña los pobres, y que permite la explotación del hombre por el hombre, evidencia de lo cual son las grandes diferencias entre el rico y el pobre. En ningún momento se detienen a investigar, por ejemplo, si los pobres no serían aún más pobres, en ausencia de esas diferencias. Que así sería, no es tan fácil demostrar, pues para hacerlo es necesario entrar en el campo técnico de la ciencia económica. No hay explicación sencilla y, lamentablemente, la enseñanza de la ciencia económica brilla por su ausencia en nuestras universidades. Esta aseveración es grave y no debe hacerse sin tener la absoluta confianza de poder probarlo ante autoridades universitarias, padres de familia, y ante quienes sostienen, con sus impuestos o contribuciones voluntarias, nuestros centros universitarios. Es con base en esa confianza, y con la esperanza de que alguna vez se me dé la oportunidad de probarlo, que hago la aseveración. Claro, no tienen obligación de hacerlo e inclinación quizá menos aún. La responsabilidad de la educación universitaria está en sus manos y el futuro de nuestros pueblos en manos de esa juventud que sincera y honradamente confía en sus autoridades.

Es precisamente este aspecto el que me parece más grave para el futuro de nuestros pueblos, porque no es posible tener ni paz ni progreso bajo cualquier sistema inventado e impuesto por la fuerza. El hecho que sea impuesto por la fuerza, engendra conflicto continuo. El hecho de impedir libertad priva a la sociedad de los frutos que se derivan de la inventiva e iniciativa del hombre.

Sólo el hombre libre no está sujeto a la coerción de otros, a un sistema inventado e impuesto a la fuerza por otros hombres. Ello es así, por definición.

Pero el caso es más grave aún. La ciencia y las teorías económicas han logrado explicar cómo funciona la economía de mercado (el nombre que se le da a la parte económica del liberalismo). Pero todavía nadie ha explicado cómo funcionarían los otros sistemas (no libres) propuestos. Se da por sentado, simple e ignorantemente, que han de haber sido explicados por alguien, en alguna ocasión, pues si no, no serían objeto de la enorme atención académica y política de que son objeto en todo el mundo.

Cabe aquí una aclaración. Ningún liberal en el campo de filosofía o economía política o la ética ha sido jamás anarquista. (Entre los políticos ha habido de todo). Siempre ha buscado el liberal un ordenamiento legal que restrinja los actos de los hombres a actos pacíficos y respetuosos de la libertad ajena. De lo contrario, si no estuviere a favor de la libertad de todos, por definición, no sería liberal. Y he aquí uno de los problemas menos comprendidos: ¿Cómo es posible que se hable de libertad admitiendo que debe existir esa restricción legal de la misma libertad? Evidente es, sin embargo, que no puede existir libertad para unos si otros, por la fuerza, se la pueden quitar. El problema siempre ha sido: ¿cuáles restricciones a los individuos y a los gobiernos crean libertad y cuáles la destruyen?

Pero en fin, eso ha sido objeto de muchos tratados y dejamos al lector interesado a que lo investigue. Quizá el mejor tratado sobre ello es la formidable obra de Friedrich von Hayek: Los Fundamentos de la Libertad (The Constitution of Liberty).

Un comentario moral: sólo el hombre libre puede ser moral. Pues ser moral implica libertad para escoger entre el bien y el mal, entre el vicio y la virtud. Siendo ello verdad (también por definición) ¿cómo es posible que entre los llamados a predicar la moral y la virtud existan tantos en contra del único sistema donde pueden existir la moral y la virtud, cual es, el sistema de la libertad? Quizá sea porque creen sinceramente que bajo algún otro sistema se puede eliminar la pobreza. Pero esto es un problema económico que debe enfocarse en el diálogo científico y económico, en el estudio a fondo. Si alguien cree que bajo otra organización económica diferente a la economía de mercado puede lograrse sus bondadosas finalidades, tiene obligación moral e intelectual consigo mismo y ante la sociedad de, por lo menos, entender cómo sería esa organización, cómo funcionaría. Y como ya se dijo, ese diseño, esa organización diferente, aún no ha sido ni siquiera propuesta teóricamente. (Esta aseveración también estoy dispuesto a comprobarla). Es un acto de crasa irresponsabilidad moral e intelectual oponerse a la economía de mercado sin estar a favor de algún sistema que sea por lo menos descriptible.

Y, finalmente , si se va a descartar el liberalismo, que por lo menos se estudie y conozca para saber qué es lo que se descarta. Pero que no se conozca a través de un antiliberal: eso no es ser justo, ni consigo mismo. Que se conozca a través de un Röepke (Más Allá de la Oferta y la Demanda); un Mises (Acción Humana); un Hayek (op. cit). Lamentablemente, lo mejor del liberalismo como sistema (no como política) es evadido en el estudio académico contemporáneo: se construye un «hombre de paja», despreciable por cierto, y se procede entonces a destruirlo.