Año: 21, Junio 1979 No.   440

A cada quién lo que es suyo

Hilary Arathoon

La mejor definición de justicia que se conoce y una que nunca ha sido superada, es la antigua definición romana que en latín reza «CUIQUE SUUM» y que significa «A CADA QUIEN LO QUE ES SUYO». Es decir lo que les es propio o sea de su exclusiva pertenencia. Jesús mismo cuando se le preguntó si era justo pagar tributo al César respondió en el mismo tono cuando dijo: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

En dicha definición, al decir «a cada quién» estamos señalando concretamente que nos referimos a alguien en lo particular. Es decir que estamos reconociendo su existencia como individuo, dueño de su persona y de sus actos, con voluntad propia para actuar y por lo tanto con derechos inalienables.

Como ejemplo de ese tipo de justicia, está la impartida por el Rey Salomón cuando fue llamado a dirimir en una contienda entre dos madres, las cuales reclamaban al mismo crío. A fin de determinar quien era la verdadera madre, Salomón ordenó traer una filuda espada a fin de dividir a la criatura en dos y así dar a cada una de las contendientes una mitad. Ante dicha propuesta, inmediatamente se reveló el instinto de la verdadera madre, quien al ver que la vida de su hijo peligraba, prefirió renunciar a sus derechos con tal que no se le hiciera ningún daño. No así la otra mujer, cuyo único afán era que su rival no gozara del placer de tener un hijo, ya que ella había perdido el suyo al nacer y resentía que la otra disfrutara de algo que ella no podía gozar. Así pudo Salomón comprobar quién era la verdadera madre y adjudicar a la misma el hijo que legalmente le pertenecía. Por eso a ese tipo de justicia se le denomi­na «justicia salomónica». Estriba en dar a cada cual lo que estrictamente le pertenece y no echar mano a pertenencias ajenas, lo que siempre y en todo lugar se ha conside­rado como robo.

¿Pero qué sucede si la persona no tiene propiedad? Nadie es tan pobre que no ten­ga propiedad alguna. El mayor tesoro que una persona puede tener es el de ser libre, es decir dueño de su persona y de sus actos. Es ahí donde empieza el derecho de propiedad. Si una persona es libre de ir y venir dentro o fuera de su propio territorio sin necesidad de pedir permiso a nadie; si es libre de actuar o no actuar, de trabajar en lo que le plazca y según le plazca dentro de las alternativas que se presentan, sin pedir autorización y sin mayores cortapisas, se es dueño del mayor tesoro del que se puede disponer cual es el tesoro de la libertad. Claro está que nadie es libre de coartar o infringir los derechos de los demás, salvo en el ejercicio de sus propios derechos, pero como dijera Benito Juárez: «El derecho de cada cuál termina donde empieza el derecho de los demás».

Es lógico suponer que si cada quien es dueño de su persona y de sus actos, es dueño también del resultado de dichos actos. Es decir que cualquier persona que ejerce una actividad productiva es dueño del fruto o frutos de dicha actividad, o sea que dichos frutos son de su propiedad exclusiva para hacer de ellos lo que le plazca, ya sea utilizarlos para su propio consumo o como base de intercambio por otros productos. Ese es el origen de la propiedad.

Ultimamente se ha tratado de desligar el derecho de propiedad de los demás derechos inalienables del hombre, pero como hemos visto el derecho de propiedad está íntimamente ligado con el derecho a la vida y no puede ser conculcado sin conculcar a la vez el derecho que el hombre tiene a la vida. Para conservarla el hombre tiene que trabajar. Por consiguiente el producto de su trabajo debería ser tan sagrado como su vida misma, ya que la finalidad del trabajo es la conservación de la vida.

Como se ve, el derecho de propiedad y la aplicación de la justicia están íntimamente relacionados, ya que la aplicación de la justicia es según su propia definición el reconocimiento público y legal del derecho de propiedad.

Los detractores de la ley y los que buscan infringir los derechos de propiedad de los demás para fines propios dicen que: «la justicia ha sido creada para conservar a cada cual lo suyo. Al rico su riqueza y al pobre su pobreza», pero este es un aforismo malévolo, creado con el ánimo de despistar. El fin de la justicia es asegurar al trabajador o productor en el disfrute del producto de su propio trabajo y de su propio esfuerzo. Es decir, protege al individuo en el goce de sus derechos. Esa es la finalidad para la que los gobiernos han sido instituidos. Para impartir justicia y para proteger los derechos de sus gobernados. Pero hoy día muchas veces sucede que los gobiernos en vez de servir para conservar a sus gobernados en el goce de sus derechos, se han convertido en instrumentos para despojar a las minorías en favor de las mayorías.

Para justificar esta agresión a los derechos individuales, se aduce que «el bien público está por encima de cualquier derecho individual». Pero sin el respeto a los derechos individuales, no es posible el bien público. Sólo a sabiendas de que cada cual está asegurado en el goce de sus derechos individuales es que se puede perseguir el bien público. Entonces cada cual sabe lo que le es dable hacer o no hacer a sus vecinos y lo que éstos le pueden o no le pueden hacer a él. Sólo sabiendo lo que uno puede esperar de los demás, es que uno puede alternar con ellos como amigo y como igual.

Otro aforismo que los colectivistas o enemigos de la libertad, han pretendido imponer para justificar el despojo de los individuos es el de «el mayor bien para el mayor número». Dicho aforismo ha servido para justificar la mayor clase de arbitrariedades y también para justificar las mayores atrocidades. Sirvió a los nazis, o sea a los nacional-socialistas en Alemania, para tratar de justificar el exterminio de la minoría hebrea y la usurpación y el despojo de todos sus bienes. Sirvió también a Stalin para despojar y exterminar a los «kulaks», o sea los ricos campesinos rusos. Nadie en su sano juicio puede llamar a una actuación de dicha naturaleza «justicia» y es que la única justicia posible es el respeto a los derechos individuales. Dichos derechos son y deben ser sagrados. Por eso la Carta de Derechos de los Estados Unidos de Norteamérica («Bill of Rights»), para hacer resaltar su origen Divino, claramente especifica que los individuos fueron «dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables cuales son: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

Hoy día equivocadamente se cree que dichos derechos emanan del Estado y que corresponde a éste el quitar y poner a voluntad. Pero no hay idea más peligrosa ni equivocada que ésta, ni hay poder más descalificado para conceder o quitar derechos que El Estado. El que haya una mayoría de un partido en el poder, no autoriza a ésta para disminuir ni en una jota los derechos que son inherentes al individuo, los cuales son como hemos dicho, sagrados e inalienables y debieran ser respetados en beneficio de él, y por ende en el de la sociedad.

Algo a cambio de nada

«Siempre que alguien recibe un beneficio sin haberlo ganado, alguien más tiene que haberlo ganado sin haberlo recibido. Eso es moralmente equívoco y cualquier nación que se alza basada en esa clase de filosofía está encaminada a sufrir las consecuencias, porque lo más irónico es que el hombre que no paga nada es el que en realidad está pagando el precio más caro al permitir que se destruya su carácter y el respeto que se debe a sí mismo».

Ed. W. Hiles