Año: 24, Marzo 1982 No. 505

La Fatídica Herencia de Franklin Delano Roosevelt

(Al centenario de su nacimiento, 30 de enero de 1882)

Hilary Arathoon

Fuera del período inicial, en el que los primeros colonizadores vivían comunitariamente, Estados Unidos había sido un país de recio individualismo.

El período comunitario fue de corta duración. La productividad bajo dicho sistema era escasa o nula y los colonizadores se morían de hambre. Todo escaseaba, por lo que, para poder subsistir, se vieron obligados a abandonar dicho sistema y a lanzarse cada cual por su cuenta para proveer para sí y para los de su familia. Inmediatamente, el panorama cambió y en vez de estrechez, hubo abundancia. Fue tan milagroso el cambio, que para conmemorar la primera cosecha obtenida bajo dichas condiciones, los colonizadores establecieron el «Día de Gracias» («Thanksgiving»), el cual se ha perpetuado hasta nuestros días.

Desde entonces, Estados Unidos se había caracterizado por su fuerte individualismo. A pesar de tener que abrirse paso para habilitar nuevas tierras y luchar contra los antiguos moradores, los colonizadores lograron afianzar y extender sus conquistas territoriales en la mayoría de los casos sin apoyo militar, ni ayuda gubernamental de ninguna índole. Los colonizadores eran hombres indómitos de extracción europea, pero imbuidos de un deseo de libertad; sentimientos que plasmó Thomas Jefferson en la «Declaración de la Independencia», cuando dijo que: «Todos los hombres habían sido dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, como eran el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad». (Nótese bien que no dice a la felicidad, sino a la búsqueda de la felicidad). Dichos derechos correspondían al hombre por su propia naturaleza. También creían en un gobierno limitado, cuya única función era la de garantizar a los ciudadanos el goce de sus derechos.

Estas doctrinas perseveraron durante casi doscientos años, en los que los estadounidenses de variado origen étnico se fundieron, pero todos lograron desarrollar ese vigoroso individualismo que los caracterizó e hizo fuertes. Los principios que básicamente inspiraron la legislación estadounidense de aquella época, eran los principios emanados de su ascendencia puritana, de sobriedad, trabajo, diligencia, autosuficiencia, ayuda mutua y respeto a la ley. El ser objeto de caridad pública era considerado como denigrante. Son los principios que caracterizaron al pueblo estadounidense y que movieron al historiador francés, Alexis de Tocqueville, quien los visitó a mediados del siglo XIX, a escribir: «Los Estados Unidos de Norteamérica son grandes porque son virtuosos. Cuando dejen de ser virtuosos, dejarán de ser grandes».

Dicho estado de cosas persistió hasta la época del Presidente Herbert Hoover, cuando sobrevino la gran crisis económica y los consecuentes años de depresión. Fue durante esos años cuando lanzó su candidatura para presidente Franklin Delano Roosevelt, con la consiguiente oferta de mejoras, que el autor fantasma, Sam Roseman, quien le preparaba sus discursos, calificó como un «Nuevo Trato» («New Deal»). La frasecita pegó y tuvo buena acogida por parte de los electores, que estaban deseosos de cambio. El desempleo, que en 1930 era de cuatro millones, había ascendido a doce millones en 1932. Los estadounidenses estaban ávidos por una especie de dictador y fue esa coyuntura la que supo aprovechar Roosevelt para iniciar una serie de cambios que presidentes subsiguientes siguieron propiciando y que los han llevado a la crisis actual.

Durante la última semana del régimen de Hoover había habido una estampida en los bancos y los depositantes habían retirado más de 250 millones de dólares en oro. Una de las primeras medidas de Roosevelt fue retirar el dólar del talón oro y proclamar un asueto en todos los bancos, mientras se solventaba la situación. Pasado el pánico, el Presidente se dedicó a tornar medidas para curar el desempleo, para lo cual se valió de dos de sus servidores: Harry L. Hopkins y Harold Ickes.

Fue Hopkins quien violó las reglas básicas que los estadounidenses habían aprendido desde su niñez: «que el ser objeto de la caridad pública era vergonzoso, que el desempleo también lo era y que el hombre que no podía ganarse su propio sustento y el de su familia, apenas si merecía el nombre de tal» El Presidente Herbert Hoover había dicho que «bajo nuestro sistema político, el gobierno no es, ni debe ser un proveedor de empleos». También había dicho que el dar ayuda a los necesitados los debilitaría moralmente, razones con las que Hopkins no estaba de acuerdo. Durante ese invierno, que fue especialmente severo, Hopkins sugirió a Roosevelt que el gobierno federal se hiciera cargo de emplear a los desocupados, para lo cual pidió los fondos al Presidente. Tras un rápido cálculo, Roosevelt accedió y autorizó a Hopkins para gastar cuatrocientos millones de dólares del erario nacional. Comenzó entonces la danza de los millones. Hopkins empezó a crear ocupaciones inútiles e innecesarias a fin de tener excusa para crear empleos. A los que no tenían aptitudes especiales, los contrató a 40c. la hora, mientras que a los especializados les pagaba $1.OO la hora. Así logró emplear a 2.6 millones de desocupados, algunos para tareas tan absurdas e inútiles como recorrer las calles con globos inflados de hidrógeno para espantar a los estorninos que hacían sus nidos en los edificios públicos. Empleó a otros para que estudiaran el origen de los «ganchos de seguridad». Casi todos los empleos que creó eran igualmente innecesarios y superfluos. Pronto surgió un nuevo léxico, la palabra «boondoggle», que significa «pasar el tiempo en una ocupación estéril».

Casi todos estuvieron de acuerdo en que emplear hombres maduros en dicha forma era una locura y que su efecto era desmoralizador. Ickes, en cambio, fue mucho más cuerdo y cauteloso en el desembolso del dinero que le fue encomendado y aunque no logró emplear igual número de gente, logró realizar obras útiles y duraderas. Decía que se oponía a emplear gente para corretear las hierbas rodantes (tumble-weeds) de Nuevo México. Pero mientras que a Ickes le costaba $330.OO al mes por cada empleo que proporcionaba, a Hopkins le costaba solamente $86.OO. Fue así como el gobierno federal, a través del «Works Progress Administration» se convirtió en el mayor empleador de la nación. La WPA hasta llegó a emplear pintores, actores y escritores, fomentando así el arte abstracto y una serie de extravagancias y obras estrafalarias que a nadie le era dable comprender. Todos los fracasados en sus distintos ramos hallaban allí un refugio.

Otra locura que se inauguró en tiempos de Roosevelt fue la de pagar a los agricultores para que no sembraran a razón de $6.OO a $20.OO el acre, según la presunta cosecha que hubieran pensado sembrar. También ordenó, a través del Secretario de Agricultura, Henry Wallace, la matanza de seis millones de lechoncitos para tratar de estimular el precio de la carne.

Roosevelt fue también el creador de ese «barril de las Danaidas», o barril sin fondo, que es la Seguridad Social, cuyo presupuesto crece anualmente en forma exorbitante y que tiende a opacar a todos los otros impuestos en su siempre creciente demanda de fondos.

Fue, además, el creador del «Salario Mínimo», el cual es también fuente de desempleo, ya que sólo favorece a los trabajadores capacitados para ganar dicha suma a expensas de los que no lo están, los cuales a causa dicha medida se ven incapacitados para obtener trabajo.

El nuevo trato no curó el desempleo. Por el contrario, éste se agravó en el invierno 1937/38, aumentando en otros dos millones de hombres desocupados. La cura para el desempleo fue la guerra que se desató en Europa en 1939 y que no llegó a América sino hasta dos años después.

La actuación de Roosevelt durante la guerra es demasiado conocida para señalarla aquí. En Yalta fue instrumento para que media Europa fuera cedida a la zona de influencia de la Unión Soviética, creando así las naciones satélites a las que ésta, tras sangrientas purgas, impuso gobiernos comunistas, para que quedaran definitivamente bajo su esfera de influencia y no pudieran apartarse de ella.

Fue Roosevelt también quien introdujo una nueva Carta de Derechos Económicos que pretendía garantizar:

1) El derecho a un empleo útil y remunerativo.

2) El derecho a ganar lo suficiente para proveer adecuadamente comida, ropa y recreación.

3) El derecho de cada finquero para vender sus productos a un precio que le permitiera a él y su familia una renta adecuada.

4) El derecho de cada hombre de negocios para negociar en una atmósfera libre de competencia injusta y del dominio de monopolios.

5) El derecho de toda familia a un hogar decente.

6) El derecho a un cuidado médico adecuado y a la oportunidad de alcanzar y gozar de buena salud.

7) El derecho a estar protegido contra temores económicos causados por la edad, vejez, enfermedad, accidentes o desempleo.

8) El derecho a una buena educación.

Lo que no dijo fue a quiénes les correspondería pagar dichos servicios, los cuales, como dijera Ayn Rand: «no crecen en los árboles», sino que tienen que ser creados por otros hombres. Pretender que el Estado los otorgue es olvidar que el Estado jamás podrá darnos más de lo que previamente nos ha quitado y que ese algo siempre vendrá reducido por el alto y excesivo costo de la burocracia estatal. Como dijera Bastiat:«El Estado es la ficción a través de la cual, todos pretenden vivir a expensas de los demás».

Roosevelt se dejó influir por las doctrinas de Keynes y pretendió alcanzar la afluencia a través del despilfarro, pero lo único que logró fue crear la inflación.

Otra cosa que logró fue la desmoralización de un pueblo antes libre e independiente. Hoy, el número de habitantes de dicha nación que dependen en una u otra forma de la tutela estatal es de ochenta y un millones. En cambio, el número de personas que sostienen al Estado a través de sus contribuciones es sólo alrededor de setenta y tres millones. Es decir que hay más dependientes que contribuyentes. La deuda pública ha ascendido a la astronómica cifra de un trillón (1,000,000,000,000) de dólares. Esto ha dado origen a una revolución por parte de los contribuyentes, que es la que hoy día se libra bajo la dirección del Presidente Reagan, cuya administración busca introducir las reformas necesarias para volver a colocar al país sobre una base económica estable.

¿SE PODRÁ PRESCINDIR DEL SECTOR PRIVADO?

EL SECTOR PRIVADO PRODUCE:

1) Todos los alimentos que se consumen.

2) Toda la ropa que se usa.

3) Todos los productos que se exportan.

4) Todos los impuestos con que a su vez se pagan:

a) Los sueldos de todos los trabajadores de los tres poderes del Estado, desde el más al menos importante.

b) Las inversiones del Estado, como caminos, hospitales, acción cívica, seguridad social, etc.

c) Las pérdidas de las empresas del Estado;

d) Las deudas del país.

e) Sostenimiento de universidades estatales.

f) Todas las escuelas públicas.

g) Los hospitales públicos.

5) Todas las escuelas privadas.

6) Todos los salarios del país (los de los burócratas a través de impuestos y los demás directamente).

7) El capital para invertir en nuevas fuentes de empleo, de producción y de impuestos.

«Hay 73 millones de nosotros que trabajamos y ganamos a través de la iniciativa privada para sostenernos a nosotros mismos y nuestros dependientes. Mantenemos además a otros 81 millones de norteamericanos que dependen para vivir totalmente de lo que nosotros pagamos en calidad de impuestos. ...la gente que trabaja, para la libre empresa, es la única fuente de recursos de la que depende el gobierno».

RONALD REAGAN (antes de llegar a ser Presidente).