Año: 24, Abril 1982 No. 507

La Escasez de Dólares

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M F. Ayau

Existe gran alarma entre los sectores agrícolas, financieros, comerciales e industriales por la difícil situación que confrontan para conseguir divisas.

Las consecuencias de la falta de prontitud en poder hacer pagos al exterior por abastecimientos urgentes está causando serios daños al país, daños que representan una pérdida considerable en la producción y bienestar general, del presente y del futuro, debido a la pérdida del crédito del país.

Fábricas están parando o trabajando intermitentemente por falta de un repuesto o de alguna materia prima complementaria. Los faltantes de abastecimientos necesarios en repuestos y materias primas, medicinas, etc., son ya notorios. Ya se siente la escasez de algunos productos de consumo y necesarios, al extremo que algunas personas que se mueven en motocicleta ya no lo pueden hacer porque los proveedores no pueden obtener los repuestos, no digamos el caso de muchos abastecimientos industriales vitales para que otras industrias, a su vez, continúen en marcha.

Es probable que la burocracia encargada de manejar estos asuntos no le haya enfatizado la gravedad de la crisis al Presidente de la República, porque seguramente él ya hubiera ordenado medidas para solucionarla, ya que es a la última persona que le conviene este inicio de paralización de la economía nacional.

Ese fenómeno es natural y comprensible. Los encargados de cualquier gestión gubernamental siempre le tratan de pintar al Presidente el mejor retrato posible de cualquier situación, ya que en gran parte es responsabilidad de ellos cuando no andan bien las cosas, de manera que este fenómeno no es de extrañarse y, por ello, es conveniente que se tome en cuenta.

Sobre la naturaleza del problema cabe hacer algunas consideraciones. No es necesario tener cifras del nivel de reservas del país para saber que ya se acabaron; de lo contrario las estarían vendiendo normalmente y no estarían estableciendo todas las trabas que el Banco de Guatemala ha establecido para retrasar los pagos y ganar así unos días en el uso de las reservas. Nos basamos, pues, en el hecho evidente que las reservas del país se han agotado.

Este fenómeno ha ocurrido últimamente en los otros países centroamericanos y ninguno ha resuelto el problema con las medidas tradicionales que adoptan. Se ha intentado hacerlo, creando el mercado «paralelo». Se ha intentado poniendo el control de cambios más estricto. Se ha intentado, a través de listas de prioridad, el racionamiento de las divisas. Y así, toda clase de manejos que no han resuelto el problema porque no llegan a la causa. Los únicos países que han resuelto ese problema, antes de que se vuelva tan grave como se convertirá si no se toman medidas a tiempo, son los países que han reconocido que tienen su propia moneda sobrevaluada.

Se ha oído el comentario de que una devaluación o flotación traerá como consecuencia la inflación; sin embargo, un cambio de paridad no causa inflación. Al revés: es la pérdida de poder adquisitivo de una moneda (la inflación) la que obliga, tarde o temprano, a reconocer la realidad, el hecho consumado de que la moneda ya se devaluó.

En cuanto al «mercado paralelo», que consiste en continuar expropiando las divisas de las principales exportaciones, pagándolas por abajo de su valor de mercado, para venderlas a otros, según prioridades determinadas. Y, por otro lado, dejar que se vendan libremente las divisas provenientes de otras fuentes, a precio de mercado. Este procedimiento sí disminuye la demanda de divisas; pero, por otra parte, sigue fomentando la «fuga» de capital, sigue castigando precisamente las actividades de exportación, que son las que más merecerían ser fomentadas y en efecto, significa un subsidio de los expropiados a los escogidos. Si bien esta inmoral medida daría una falsa sensación de seguridad, temporalmente, no corrige la causa del problema.

La causa de la ausencia de divisas es muy sencilla: Nuestra moneda, dadas las circunstancias actuales conocidas por todos, de inseguridad, guerra, bajos precios de productos en el exterior, etc., está sobrevaluada. El asunto no es, pues, tan complejo como se quiere hacer parecer.

Lo que pasa es que existen muchos intereses creados; por ejemplo, personas que tienen deudas en el extranjero, quienes saldrían damnificadas por una pequeña devaluación. Entre estos deudores se encuentra también el gobierno, que vería sus deudas aumentadas en caso de una devaluación y, consecuentemente, tendría que recaudar más impuestos para pagarlas.

Pero si bien se ve el asunto, cuando el gobierno expropia los dólares de los ciudadanos a través del control de cambios y les paga un precio menor al que las divisas tendrían en el mercado, esa diferencia constituye de hecho un impuesto. Ese impuesto ya lo está cobrando el gobierno, pero a través de distorsionar el mercado de divisas a tal grado que ha causado esta tremenda escasez.

¿Por qué no queremos admitir una realidad que es de todos conocida, cual es que el quetzal ya no vale un dólar? Se sabe que se está generalizando el mercado negro, cobrando una tasa entre el 10 y el 20 por ciento. Todo el país sabe que ya no hay divisas. Entonces, ¿a quién se pretende tomar el pelo?

Lo más grave es que mientras más tiempo perdure la política actual, más se agrava la situación. Mientras más se agrava la situación, más se acelera ese proceso, hasta que se llega a una situación como la de Costa Rica.

Tampoco es con préstamos del extranjero, que también se consumirían rápido por estar el dólar vendiéndose de ganga, como se va a resolver este problema. Costa Rica ya probó ese sistema de seguir manteniendo una paridad irreal a base de conseguir dólares para vender, por medio de préstamos al exterior. De todas maneras, no evitó una devaluación, con la diferencia de que si la hubiese hecho antes de incurrir en todos esos préstamos, la situación del país sería mucho mejor de lo que es actualmente.

Ejemplos de lo que pasa cuando se pretende fijar el precio a las divisas a un nivel que no corresponde al mercado lo vemos también en Chile, donde han mantenido coercitivamente la paridad de 39 a 1 después de la baja en los precios del cobre y durante la recesión mundial. De todos es sabido que esta incongruencia con el resto de la política económica de ese país le está causando graves problemas.

No existe una sola excepción en la historia donde la paridad irreal no haya causado el mismo fenómeno que estamos viendo en Guatemala. No es nada nuevo, ni nada raro, ni nada difícil de explicar.

La explicación es muy sencilla: Cuando los dólares se venden abajo de lo que realmente valen, se van a agotar. Sucede exactamente lo mismo que cuando alguien está vendiendo alguna otra mercadería de ganga.

Probablemente, ya que nuestro comportamiento siempre es errático, se optará por algún chapús que no corregirá la situación. Lástima que los guatemaltecos no tenemos el carácter para enfrentar los problemas realísticamente y adoptar las soluciones que los casos ameritan. El hecho de haber tenido una paridad fija con el dólar por 50 años parece que ya se ha convertido en una religión y que por nuestra religión estamos dispuestos a sacrificarlo todo, hasta suicidarnos económicamente.

La única solución, que inclusive ha recomendado el Fondo Monetario Internacional, es la de liberar el cambio, o como dicen actualmente las instituciones internacionales, flotar nuestra moneda. Flotar quiere decir dejar que sea la oferta y la demanda la que fije el precio de las divisas. Por el momento, podríamos especular de que si se deja flotar el quetzal, el precio del dólar subiría alrededor de un 10 por ciento, en las circunstancias actuales. Si postergamos esa medida, digamos, seis meses, probablemente la devaluación sería de 20 ó 25 por ciento, como pasó en México que, a pesar de decir que tiene su moneda flotante, utilizan el sistema de flotación sucia. (Flotación sucia es cuando los gobiernos interfieren en la oferta o en la demanda para que el precio de la moneda no esté a su nivel natural y económico).

Los efectos económicos de una pequeña revaluación del dólar, en una magnitud de, digamos 10 por ciento, que sería más o menos el mismo nivel del mercado negro, serían los siguientes:

Tendría exactamente el mismo efecto en las importaciones que si se hubiese puesto un sobreimpuesto de importación de 10 por ciento, como el Protocolo de San José. Esto disminuiría la demanda de divisas en un margen suficiente para que nuestra balanza ya estuviera equilibrada. Si no se equilibra con esa modificación de paridad, el mercado mismo cambiaría la paridad hasta que la balanza esté equilibrada. Menciono el 10 por ciento porque, siendo esa la tasa que se paga en el mercado negro, donde se corren riesgos de estar actuando ilegalmente, etc., es lógico suponer que si se Iibera el quetzal, la tasa de cambio no llegaría hasta ese nivel, sino que estaría un tanto abajo.

Otro efecto sería el de hacer más lucrativas todas las actividades agrícolas de exportación, que bien necesitan ser más lucrativas ante las circunstancias en que están trabajando. Muchas actividades agrícolas están al margen de parar debido a circunstancias conocidas por todos, y un 10 por ciento de sobreprecio en los dólares que generan ayudará a mantenerlos en producción.

Otro efecto de una pequeña devaluación sería el de hacer más costosa la transferencia de capitales de Guatemala al exterior y, simultáneamente, haría más atractivo el retorno de capitales.

Los guatemaltecos debemos pedir al gobierno que reconozca la realidad y que no permita que las autoridades del Banco de Guatemala sigan manteniendo una situación falsa que va a resultar ruinosa para toda la economía y el bienestar general. Es mejor que los dólares suban un poco de precio y que se puedan conseguir, a que sigan costando un quetzal, pero que «no hay».

«Un cambio de paridad no causa inflación, es al revés: es la pérdida de poder adquisitivo de una moneda (la inflación) la que obliga tarde o temprano a reconocer la realidad, el hecho consumado de que la moneda ya se devaluó»

M. F. Ayau

[i] El presente artículo fue publicado en el diario El Imparcial, el 26 de marzo del presente año.