Año: 25, Julio 1983 No. 537

N. DEL D. El autor del presente articulo es un connotado empresario y economista argentino, miembro da la Sociedad Internacional de Economistas Mont Pelerin, ha escrito innumerables artículos sobre temas económicos y jurídicos. El artículo que hoy reproducimos se publicó en el Diario La Prensa de Buenos Aires, Argentina el 17 de abril de 1983. Es aleccionador el mensaje para quienes se refieren al caso argentino como e] fracaso de la economía libre. Evidentemente Argentina no es, en la actualidad ningún ejemplo de libertad económica.

SALGAMOS DE LA POBREZA

Alberto Benegas Lynch

Preferir la vida a la muerte, la salud a la enfermedad, el bienestar a la pobreza, es propio de la naturaleza humana. La lucha por la existencia y por mejorarla haciendo triunfar lo bueno sobre lo malo, supone esas preferencias.

La lucha por una existencia mejor no se limita al aspecto material. Comprende todo lo que mejora la calidad de vida, empezando por la moral y la cultura. No sólo de pan vive el hombre. Pero también es cierto que «para ser santo, poeta o amante, antes hay que haber comido algo» (Primum vivere deinde philosophare). La libertad es indivisible y la libertad política es un medio para asegurar las libertades civiles, entre las cuales la libertad económica no es la menos importante. Porque la propiedad pr ivada es la columna vertebral de la libertad económica y usar y disponer libremente de la propiedad es fundamental para que existan otras libertades. Por ejemplo, para que exista la suprema libertad de expresar el pensamiento es preciso que los particulares posean en propiedad las editoriales con sus edificios, máquinas impresoras y recursos financieros. De otro modo no existe periodismo independiente. Además, sin libertad no hay moral, porque solamente si es libre el hombre puede elegir entre el bien y el mal.

MAS PRODUCCION CON MENOS TRABAJO

La multiplicación de bienes y servicios lograda en los últimos 150 años para satisfacer deseos y necesidades de crecientes poblaciones, es el fruto de un sistema social que alcanzó sus máximas posibilidades en el siglo pasado. Fue entonces cuando en las sociedades más civilizadas, en mayor medida y durante más tiempo, pudieron actuar sin mayores trabas las palancas del progreso y la prosperidad de los pueblos: propiedad privada y libertad personal.

La acumulación de capital lograda con el sistema, bajo la forma de máquinas, equipos y herramientas, incrementó en gran medida la productividad del trabajo, permitiendo así reducir la jornada de labor e impulsar la elevación del salario real junto con un notable mejoramiento de las condiciones generales de vida de todas las poblaciones alcanzadas por la fecundidad del capital acumulado. La producción en masa para el consumo de las masas, características del sistema, siempre facilita la equitativa distribución de la riqueza producida, asignando a cada factor productivo capital y trabajo su parte, de acuerdo con su respectiva contribución al proceso productivo; estimada esa contribución por los consumidores mediante la formación de precios y salarios libres en mercados abiertos.

Estos conceptos parecen olvidados en estos tiempos en nuestro país por muchos dirigentes políticos y gremiales.

PERSISTENCIA EN EL ERROR

Desde hace mucho tiempo venimos padeciendo un estatismo colectivizante que ahora inclusive parecería apuntar al completo totalitarismo comunista. Seguimos sometidos al paternalismo «benefactor» de gobiernos omnipotentes. La inveterada política de privilegios, subsidios, dádivas y prebendas continúa, aunque insertada en un sistema financiero, fiscal y monetario en quiebra, por causa del sistema mismo. Pero, sin embargo, esta política nefasta se mantiene impune con su desmensurado gasto público, por encima de los recursos genuinos del erario, alimentado por una desenfrenada inflación de moneda y crédito. ¿Es posible que a esta altura alguien no vea que éste es uno de los principales motores del descalabro institucional y del desorden moral, político, económico y financiero?

Sin embargo, para salir de la actual crisis, son muchas las propuestas que consisten simplemente en expresar anhelos que todos compartimos: reactivar la economía, estimular el aparato productivo, recomponer el salario real, etcétera. ¿Cómo lograrlo? Ni una palabra se dice respecto a las causas de la crisis o sea, de las funciones impropias del Estado, cuya perversión determinó la prostitución de la moneda, convirtió al Estado en empresario, y puso en sus manos monopolios de servicios ajenos a sus funciones constitucionales. Ni una palabra sobre el retorno a las esencias de nuestra Carta Magna, que obliga al gobierno a garantizar los derechos individuales, para lo cual debe quitársele al Estado las funciones empresariales y dirigistas que no le competen, como única alternativa válida para sanear la situación de inmoralidad y pobreza crecientes; única manera de solucionar la tremenda crisis que sufrimos, satisfaciendo así el legítimo anhelo común de mayor bienestar y justicia para todos.

En cambio, lamentablemente, seguimos con la cantilena de «presionar», cuando no intimidar y violentar, a unos sectores contra otros, procurando de ese modo lograr ventajas efímeras para unos a expensas de otros, para perjudicar finalmente a todo el conjunto social.

LOS OBREROS TIENEN RAZON

Cuando, como ahora ocurre, se deteriora en grado sumo la situación económica, cuando avanza la pobreza y los obreros sufren reducciones en el poder adquisitivo de sus salarios e incluso pierden su trabajo, aparecen las protestas. Tienen razón entonces los trabajadores cuando se quejan de los males que soportan. Pero no siempre apuntan a las soluciones verdaderas. No siempre se busca acertadamente la rectificación correcta de la mala política. Por el contrario. En la mayoría de los casos se pretenden soluciones imposibles. Concretamente, en el caso de los salarios, dirigentes gremiales y políticos insisten en presionar al empleador a menudo con intimidación y violencia para imponer aumentos compulsivos de remuneraciones. El resultado está a la vista. En la vorágine inflacionaria naufragan los salarios reales junto con el empobrecimiento general que siempre llega si la errónea política no se rectifica a tiempo en el sentido correcto.

LA CLAVE DEL BIENESTAR SOCIAL

Parece haberse olvidado que la clave para salir de la pobreza consiste en invertir más capital. Sólo así se acelera la producción de riqueza que el pueblo con toda razón desea. Porque mayor inversión de capital significa poner a disposición del trabajador más equipos mecánicos eficientes que aumentan la productividad del trabajo y mejoran la calidad del producto. De ese modo, el empleador puede obtener del consumidor mejor precio por cada hora de trabajo, consecuentemente, mediante la competencia con otros empleadores, está obligado a pagarle al trabajador más por cada hora de la tarea cumplida .

Ciertamente, para invertir más capital, su formación en el país necesita del ahorro previo, el cual a su vez requiere moneda sana. Pero para acelerar las inversiones, puede aprovecharse el ahorro de extranjeros removiendo los obstáculos opuestos por la inveterada política procolectivista que ahuyenta al capital privado.

LOS MEJORES TRIUNFAN

Con el avance de la civilización se alcanzó el estado de derecho y se consolidó la igualdad ante la ley que garantiza el respeto a la libertad y a la propiedad del ser humano, como prenda de su dignidad. La igualdad ante la ley supone el reconocimiento de las desigualdades innatas en el hombre y los diferentes frutos de sus acciones derivadas de sus distintas capacidades y talentos.

La desigualdad de fortunas y de rentas resultantes, es legítima y conveniente para el bien común, toda vez que ella provenga de la desigual capacidad determinante de frutos desiguales de acciones de distintos hombres. Esa legítima desigualdad conviene al bien común porque facilita la acumulación de capital que estimula y acelera inversiones y demanda trabajo para producir más y mejores bienes y servicios. En una sociedad libre, cada cual procura mejorar su condición social intercambiando voluntaria y pacíficamente sus bienes y servicios, tratando de superar a sus competidores en las ofertas formuladas. El que sirve mejor a sus semejantes con bienes y servicios superiores y más baratos triunfa y es premiado por los consumidores con su apoyo. El que da mal servicio fracasa y lo desalojan del mercado.

ABSURDO ENFRENTAMIENTO NORTE-SUR

En medio de tanta confusión se dejan de lado las verdaderas soluciones para el logro del anhelo común de mayor bienestar social y justicia para todos, mientras muchos dirigentes persisten en el sistema que entorpece la beneficiosa acumulación de capital. Insisten a veces con buenas intenciones en las fallidas fórmulas basadas en la redistribución compulsiva de la riqueza, para lo cual apoyan sistemas monetarios y bancarios dependientes del poder político que permiten a los gobiernos gastar sin límite inflando la moneda, sin tener que afrontar su propia bancarrota, la cual aparecería evidente si los gobernantes no dispusieran de máquinas para falsificar dinero, como ahora ocurre.

El absurdo de pretender enriquecer a los pobres expoliando a los ricos es un concepto falaz que inevitablemente lleva a empobrecer cada vez más a los pobres, aunque también empobrezca a los ricos. Esta política de redistribución compulsiva de riqueza ajena, ahora se traslada al plano internacional. En los foros internacionales gana terreno el enfrentamiento de países pobres con países ricos, a menudo con un dejo de resentimiento. En las recientes reuniones del llamado «Grupo de los 77», en la mayoría de los casos palpita ese enfrentamiento en discursos y resoluciones, como un eco de la filosofía marxista según la cual la riqueza de los ricos es la causa de la pobreza de los pobres.

En las mentadas reuniones en Buenos Aires del «Grupo de los 77» no se oyó ninguna voz que señalara por qué determinados países son ricos y otros son pobres. Nadie dijo que en gran parte de América Latina y varios países africanos y asiáticos, prevalecen desde hace mucho tiempo políticas procolectivistas que violan la propiedad y la libertad personal. Nadie dijo que EE. UU. con todos sus errores posteriores, se enriqueció y adquirió su poderío sobre la base de garantías a la propiedad y a la libertad, con cuantiosas inversiones de capital extranjero, y que comenzó su vida como nación independiente en un territorio casi desierto con una población de un millón de personas. Nadie dijo que en la actualidad países con muy escasos recursos naturales, como Hong Kong y Japón, exhiben progresos notables e importantes mejoras en los niveles de vida de sus poblaciones, gracias a que, en gran medida, se respetan allí la propiedad y la libertad. Nadie dijo que la Argentina y otros países sudamericanos progresaron también espectacularmente con la colaboración de capitales extranjeros sobre la base del respeto a la propiedad y la libertad, y que su prosperidad y pujante progreso de antaño se derrumbó gracias a la invasión del Estado en las actividades propias de los particulares, mediante una política procolectivista que aún perdura.

¿Acaso el clásico enfrentamiento este-oeste, resultante de la antinomia libertad versus totalitarismo del imperio soviético ahora se procura cambiarlo por un artificioso y absurdo enfrentamiento norte-sur? El tercermundismo está sirviendo, a sabiendas o sin saberlo, al imperialismo rojo. Mientras tanto, la KGB observa y espera.

El debate sobre este importante tema está abierto. El mismo contribuirá al esclarecimiento de la opinión en cuanto a la correcta relación de causas y efectos en la concatenación de estos fenómenos sociales que interesan a toda la población de la Argentina y su futuro.

«Por encima de las diversas situaciones de coyuntura, la aplicación humana, la labor de todos los participantes en el proceso económico, así como el afán y la premura por conseguir una constante mejora de nuestro aparato de producción, adquieren su pleno sentido económico y su significado social al inaugurar un modo de vida cada vez mejor y más libre para toda la nación. No es finalidad nuestra construir pirámides egipcias; no; cada nueva máquina, cada nueva central eléctrica que se pone en marcha, cada puesto de trabajo que se añade y, en fin, cualquiera de los medios con los que se persigue la productividad sirve en última consecuencia el enriquecimiento humano de todos los que viven y laboran en el ámbito de la economía de mercado social. Jamás me cansaré de velar porque el fruto del progreso económico redunde en beneficio de capas cada vez más amplias de nuestro pueblo, y al fin, si es posible, de todas»

Ludwig Ehhard, «Bienestar para todos»