Año: 28, Agosto 1986 No. 612

N.D. Julio Ligorría Carballido es un profesional de la publicidad y las relaciones publicas. Es conductor del importante programa televisivo «ALTO NIVEL» Fue Gerente de la Asociación de Gerentes de Guatemala, Asistente de la Dirección de Diario El Gráfico y actualmente se desempeña como Vicepresidente Ejecutivo de la Cámara de La Libre Empresa. Este artÍculo apareció publicado en la columna semanal del CEES en el Diario La Hora, el 4 de Julio de 1986.

Marx: Proletarios de Todos los Países, Perdonadme...

Por Julio Ligorría Carballido

Louis Pauwels, en su significativo libro «La Libertad Guía Mis Pasos», nos hace imaginar una breve historia:Marx resucita en Moscú, examina las cosas a su alrededor y permanece mudo, en un silencio interminable. El pueblo le asedia. Sus seguidores le conjuran, le suplican: «¡Que diga una palabra, una sola palabra!«¡Camarada Marx, el mundo entero le escucha!»

Marx rompe el silencio y dice: «¡Proletarios de todos los países, perdonadme!» Y desaparece para siempre.

El humor suele brotar en la medida en que se marchita la libertad cuando queda abierto como único camino para expresar la verdad. Esta lección la hemos aprendido en nuestra propia carne, y esperamos en Dios que la susceptibilidad ante la critica, que parece estar creciendo nuevamente en nuestros ambientes políticos, no obligue a que florezca con ímpetu el lacerante humor chapín.

Pero regresando al barbado alemán que nos ocupa, debo advertir previamente que no soy, por cierto, un estudioso profundo del marxismo. Sin embargo, lecturas y, sobre todo, interminables charlas con gente experimentada tanto partidarios como críticos del materialismo dialéctico me han permitido tener una visión de la cual surge una conclusión: la historia delmarxismo es la historia de la «expropiación». Puede resultar esto demasiado obvio, ya que la expropiación de los medios de producción y de cambio constituye una de sus bases. La expropiación a que me refiero es adicional a esta plataforma: el marxismo es una expropiación intelectual, que a través de una amalgama, sin duda talentosa, unió las piezas de un rompecabezas decimonónico que aún ahora, a casi cien años de la desaparición de sus autores, nos trae con la cabeza hecha pedazos.

Hablan los ideólogos de izquierda de la existencia de una filosofía marxista: El trajinado materialismo dialéctico. Como su nombre lo indica nos dice un amigo muy enterado no es más que la conjunción de la dialéctica hegeliana y el materialismo de Feuerback. Ni uno ni otro sostenían, empero, la lucha de clases como motor de la historia, ni la abolición de la propiedad privada. Para introducir estos conceptos había pues que recurrir a otras fuentes para completar la estructura de remiendos que elaboraban Marx y Engels. Estaban a la mano con los conceptos que Marx motejó de socialismo utópico, bautizando, a su vez, como socialismo científico su laboriosa y ambiciosa cosmovisión.

Ocurre, con el pasar de los años, que las predicciones basadas en este cientificismo fracasaron rotundamente. No es en Inglaterra ni Alemania, como vaticinaran Marx y Engels, donde adviene el comunismo como etapa de culminación histórica del capitalismo, como presunto resultado de la concentración de capital y de la pauperización creciente de las masas, que jamás se han producido. La revolución comunista surge, por el contrario, en la feudal tierra de los zares.

Para justificar el fracaso de la «profecía», Lenin tiene que reelaborar la teoría y fundar el «marxismo-leninismo». Tomado el poder en Rusia se aplica allí, crecientemente, una política de hegemonía nacional soviética a la cual sirven obedientemente los partidos comunistas del mundo. Pese a ello, en la Unión Soviética no cumple, por cierto, con el objetivo marxista de «liberar del trabajo al hombre, suprimir las clases sociales, terminar con el Estado, y permitir el libre desarrollo de los individuos en un mundo de abundancia. Por el contrario, se ha engendrado la esclavización de los trabajadores, la dominación del partido, el absolutismo del Estado y la negación de las individuos en un mundo de penuria regido por la burocracia, la policía y el ejército». (L. Pauwels).

Estas circunstancias fueron explicadas en un tiempo por la tradición del absolutismo bajo la cual siempre habla vivido el pueblo ruso. Hoy, lamentablemente, esta explicación no es válida. Los alemanes orientales viven en el despotismo y la miseria, en tanto sus hermanos occidentales gozan de libertad, democracia y prosperidad. Los polacos, los checoslovacos, rumanos, húngaros, búlgaros, albaneses en Occidente, con distintas historias y diferentes idiosincrasias, están sometidos al mismo patrón de esclavitud policíaca y de impotencia económica.

La razón de esto no puede encontrarse siquiera en las muchas falacias del marxismo, ni en la historia propia de cada pueblo. Es mucho más que el fruto de un desarrollo ideológico, el de un desarrollo militar. Las ideologías se imponen a través de las contiendas cívicas en los sistemas democráticos, pluralistas y representativos. Los comunistas no han llegado al poder jamás por ese medio. La mitad de Europa fue criminalmente cedida como botín de guerra a la Unión Soviética a través de tratados que pretendían asegurar una larga paz. Casi de inmediato esos tratados no eran sino papeles deleznables. Cualquier compromiso sólo sirvió para ser violado y así pudo el marxismo, aunque ya con poco de Marx, dejar de ser para nosotros, los latinoamericanos, algo remoto. Desde hace casi treinta años está en custodia de las puertas del Caribe y desde hace ocho años se consolida en el centro del continente americano fragmentándolo en das islas que parecen ahora distanciarse.

Hoy, otro tratado parece a punto de firmarse. También augura la paz de Centroamérica. También, lamentamos nosotros, servirá como deleznable papel si no nos aseguramos más allá de las firmas de tener la fuerza necesaria para obligar a que se cumpla.

Para ello está la dedicación. Esta ha sido la fuerza más efectiva en la lucha del totalitarismo comunista contra la democracia liberal. Sinembargo, el mundo libre, sus organizaciones, sus entidades empresariales, sus sindicatos, sus partidos, sus iglesias, dedican un fragmento de tiempo, una miseria de esfuerzo, una ridiculez de recursos, para defender algo que es vital para su propia subsistencia.

Vital para su subsistencia porque en un mundo dominado por el «marxismo», y aunque parezca obvio hay que repetirlo una y mil veces, no hay lugar para las empresas, ni para los sindicatos, ni para las iglesias, ni para los partidos. Ni para el hombre tal y cual lo concebimos los seres libres. Las pequeñas y banales rencillas que separan a los verdaderos demócratas son la grieta en la cual prospera una gran conjura, que se ha adueñado ya de más de 1,400 millones de personas.

Los hombres libres tenemos la razón y el número. El totalitarismo rolo tiene tan sólo su terquedad. Esa ecuación está DESBALANCEANDO al mundo. Si con decisión, con fe, con coraje y hombría logramos movilizarnos al mar­gen de banderías baratas, en defensa de un bien que nos es tan necesario como el aire que respiramos la libertad el triunfo será nuestro, aquí y ahora.

En caso contrario, pueden transcurrir muchos años, alias nuestros, denuestros hilos y de nuestros nietos, hasta que se logre recuperar aquello que hoy nos estamos dejando arrebatar.

«EL REY POPULACHERO NO ES EL PRESIDENTE»

Por Luis Pazos

No es el espíritu de mi último libro, El Rey Populachero, criticar a un gobierno en particular, sino demostrar a los adultos, jóvenes y niños, de cualquier país, cómo muchas de las decisiones tomadas por los gobernantes, teóricamente para beneficiar a sus pueblos, son únicamente con el fin de ganar popularidad y cosechar aplausos.

El libro a través de un cuentonos enseña que las políticas populista producen pobreza, enfrentamientos, y lejos de resolver los problemas los agravan.

Los efectos de las políticas populistas son contraproducentes, al grado que al final en lugar de popularidad, los gobernantes populistas terminan siendo impopulares.

¿Es posible que un gobierno garantice viviendas dignas, empleos, salud, educación, cultura, recreación y tierras a todos los habitantes de un país?

En el pequeño libro analizamos cómo las promesas de los gobernantes de otorgar una vivienda digna a los habitantes, crear fuentes de empleos para todos los trabajadores y repartir tierras, son políticas populistas, que si bien arrancan un efímera aplauso de algunos grupos que se benefician con esas «gracias» otorgadas por el rey, crean un desequilibrio financiero en el gobierno que se traduce a la larga en aumentos de precios y hace necesarias más intervenciones y medidas populistas sor parte del gobierno.

El Rey Populachero es una crítica a cualquier gobierno que «le venga el saco». Su misión es lograr que los jóvenes y aún los niños, empiecen a distinguir entre los malos y los buenos gobernantes, y sepan diferenciar entre los gobernantes que buscan verdaderamente el bien común y los que con el pretexto de lograr una sociedad más igualitaria, la justicia social, el nacionalismo revolucionario, etc., en realidad buscan popularidad, como el Rey Populachero, cuyo final puede ser el mismo que el de nuestros gobernantes.

«Es importante que una República no se cuide exclusivamente de la opresión de los gobernantes, sino que también cuide a cada parte de la sociedad de la injusticia de las otras»

1788, Alexander Hamilton, «El Federalista»